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5/5/08

Requetecontinuación y final

Este es el esperado final (digo yo que ha sido esperado...) de mi cuento. Buff, ya tenía ganas de terminar de subirlo, porque tengo muchas ideas para el blog. Lo primero serán fotos de huerto que ha ¿cavado? ¿plantado? ¿montado? Andrea (¿cómo se dice eso de hacer un huerto?). Ah, y no vale leer sólo el final del cuento. Ya sé que leer de abajo hacia arriba es incómodo, pero el blog tiene sus limitaciones... Me gustaría saber vuestra opinión sobre la historia.


Grito en la [h]oscuridad

(Cuarta entrega)

Flotaban en silencio entre los tenues rayos de luna que entraban por la ventana de mi cuarto y su visión me produjo tal espanto que se me heló la sangre en las venas. Mi primer pensamiento fue ahuyentarlos, intentar hacerlos desaparecer como los malos recuerdos, pero sabía de antemano que iba a tener tan poco éxito como con éstos. No eran exactamente espíritus, pero tampoco tenían un cuerpo claro, sino que sus límites se difuminaban en la penumbra de la habitación. Sin embargo, eran dolorosamente reconocibles, sobre todo la precisa línea que los separaba en dos mitades que no tenían nada que ver la una con la otra. Se posaron en mis sábanas, sin acercarse demasiado. El pez-gato, que antes me parecía tan original, ahora me producía una profunda compasión al verlo caminar arrastrando su cola escamada. Al igual que el tibu-fante, que intentaba sin apenas éxito mover la gran masa de carne con sus aletas. Pero lo peor fue ver de nuevo al jira-ón, que avanzaba con las patas delanteras dobladas para estar a igual altura que su trasero de león. No pude sostener la mirada a ninguna de mis creaciones, más bien víctimas de mi creatividad. Aunque no parecían humillados, sino que desprendían un halo de orgullo y dignidad a pesar del sufrimiento, de entereza a pesar de su inhumana división, como aquellos que se saben con razón y piden cuentas a los causantes de sus penas. Así me miraban esos animales deformes, exigiendo lo que era suyo como si fuese un gran juicio. Tenían razón, pero yo no sabía como ayudarles. Me sentía impotente y muy avergonzada de haberlos manejado a mi antojo, sin otro motivo que una miserable nota en Plástica. De pronto llenó la oscuridad un grito fuerte como un trueno, que sacudió mi habitación. Cuando pasó, los animales habían desaparecido de mi cama. Los descubrí tirados en el suelo y con perplejidad observé como se levantaron y tambaleantes de alegría se juntaron de nuevo el le- con el -ón, la jira- con la -fa, el ele- con el -fante, el tibu- con el -rón y el gato y el pez también volvieron a ser dos. Me sentí inmensamente aliviada cuando los vi trotar, correr y nadar entre los rayos de luna hasta salir de mi cuarto atravesando el cristal sin dignarse a mirarme ni una sola vez. Nunca hubiera podido imaginar que los gritos de mi hermano me pudieran dejar de molestar, pero la verdad es que desde esa noche sonaban como música en mis oídos, ya fuesen de día o en la oscuridad.

FIN

Recontinuación

Otro poquito de lectura (ánimo, que ya es el penúltimo fragmento)... Por cierto, Andrea me ha permitido subir una foto del collar de tuercas. Todavía tengo que hacerla, pero mañana veréis la obra maestra.

Grito en la [h]oscuridad

(Tercera entrega)

Al día siguiente fui al insti como siempre, al otro también... Pasó una semana y yo me había olvidado completamente de mis pobres híbridos. Me acordé de ellos el día antes de la fecha de entrega del trabajo. Naturalmente, mi madre me echó una buena bronca, pero en realidad ya está acostumbrada a que me pase eso. Y naturalmente se ofreció, aunque a regañadientes, a ayudarme, sólo para que no me fuese a la cama demasiado tarde. Así son las madres (por suerte). Empecé buscando mi bloc de acuarelas, seguí buscando un pincel y las témperas y luego busqué un vaso de plástico para poner agua. Terminé de buscar y me preparé para entrar en acción: puse las témperas en un plato para poder mezclarlas a gusto, escogí con atención los bocetos y los pasé a la bayeta, busqué la tijera y me puse a recortar, todo con muuucha tranquilidad, sin saber que cada paso que daba me acercaba más a una aventura que nunca había soñado... Hago un inciso para decir que primero recorté a los animales tal y como los conocemos, para luego partirlos por la mitad y combinarlos de distinta manera. Cuando terminé, tenía delante mío a un orgulloso león, una estilizada jirafa, un misterioso gato, un tiburón de dientes peligrosos y un pez rápido y pequeñín. Al verlos todos juntos, casi no me atreví a hacer el corte definitivo, ya que parecía que estaban vivos. Tenían un carácter propio e incluso hubiera podido jurar que la jirafa era claramente un macho, mientras que el tiburón poseía un aspecto más femenino. El gato creo que tenía un poco de hambre y el pez, un poco de miedo. Igual todo hubiera sido diferente si no hubiera estado tan cansada y si a mi lado no hubiera estado sentada mi madre con cara de malas pulgas. Entonces, puede que no hubiera hecho lo que hice, pero me sentía presionada y no reflexioné más sobre ello. Simplemente volví a coger la tijera y con un movimiento irremediable... corté al primer animal por la mitad. A partir de entonces todo fue más fácil. Combiné los cuerpos, impregné las bayetas de pintura y las estampé con maestría contra la hoja. Satisfecha con el resultado, subí a mi cuarto y me acosté. Luego estuve un buen rato dando vueltas en la cama. No podía quitarme de encima la sensación de que iba a pasar algo extraño. Incluso tenía remordimientos porque tomé consciencia de la escabechina de bayeta que había organizado esa tarde, aunque por momentos me entraba la risa por lo extraño de pensamientos. Por fin caí en un sueño intranquilo, en el que aparecía un paraíso lleno de seres que vivían felices, hasta que vino un gigante blandiendo un hacha enorme y partiendo por la mitad a todo lo que tuviera patas, alas o aletas. Pero de pronto veía la escena desde los ojos de aquel carnicero descomunal. ¡Era yo la causante de este cruel despiece! Una imagen se quedó grabada en mi retina: Una jirafa que, sobre dos patas, buscaba entre el revoltijo de cuerpos su parte trasera, su preciada cola para espantar moscas y sus imprescindibles patas finas y largas, mientras cerca de ella una aleta de tiburón se retorcía entre espasmos. Me desperté en medio de la noche cubierta de sudor y todavía sobrecogida por la horrorosa pesadilla. Me incorporé un poco en la cama y entonces los vi.

3/5/08

Continuación

No os voy a dejar en suspense... Aquí el segundo mini-capítulo del cuento. EL próximo post será un interludio, para que no me acostumbre a copiar y pegar.


Grito en la [h]oscuridad

(Segunda entrega)


Pensé entonces que estaba en paz con el dichoso cerdito, al que por cierto llamé Harry, pero éste volvió a mi mente una vez más, como si hubiera estado todo el tiempo revolcándose en el barro de mi subconsciente. Ocurrió semanas más tarde, cuando la tercera y última profesora de esta increíble historia nos mandó deberes por tercera, aunque no última vez. Nos encontrábamos en el aula de Plástica, yo como siempre con la alarma instalada, cuando nos explicó en qué iba a consistir la siguiente lámina. Trabajaríamos con estampados en positivo y en negativo, por lo que primero teníamos que buscarnos un material con el que hacer las siluetas, tipo cartón o plástico. Plástico ¡¡bah!!, eso porque mi profesora no sabía las sugerencias que me da mi madre. Después de que yo me negase en rotundo a utilizar patatas, me compró unas BAYETAS súper-anchas con no-sé-cuántas capas, de unos bonitos tonos verdes y morados. Suscitaron emoción entre mis compañeros (Fíjate en ésa, ha traído BAYETAS para lo de plástica, qué fuerte tío, eso no es normal), pero realmente la idea era buena, porque la bayeta absorbía bien la pintura y luego el estampado quedaba saturado y sin agujeros “blancos”. El segundo paso era crear una o varias siluetas para hacer una composición con ellas. No conseguí dibujar unas olas convincentes, ni unas nubes ni unos pájaros, y me empezó a rondar por la cabeza el hacer una lámina dedicada a mi fiel compañero de fatigas Harry. Pero luego lo deseché, porque estoy segura de que los profesores están compinchados entre sí, e iban a pensar que se me habían acabado las ideas. De modo que disimulé un poco y dibujé algunos bocetos en los que seccionaba e intercambiaba imperturbable los cuerpos de varios animales, ya que a Harry le crecían astas de ciervo y una trompa de mariposa en su historia. Plasmé sobre el papel un jira-ón y una leo-fa, un pez-gato (dejando un poco de lado las leyes naturales), un ele-rón y un tibu-fante, una rino-rafa y múltiples combinacines fantásticas. No me dio tiempo a más en clase, así que tuve que proseguir mi trabajo por la tarde, esta vez sin modorra, pues estaba convencida de que me iba a quedar genial. Cuando mi madre consideró que ya era hora de que me acostara, todavía estaba en ello. Mi mesa se escondía bajo un zoológico fabuloso, con animales de todos los tamaños en hojas más o menos arrugadas.

2/5/08

Noches inquietantes en la Montaña Palentina

Ahí va material literario para un día. Es la primera parte de mi nueva historia, inspirada en el insti. Pero no es aburrida, tranquilos. Espero que os guste, subiré el resto poco a poco, es que no quería asustaros, tan de repente, con lo que son casi 6 páginas llenas del Word...

Grito en la [h]oscurida
(Primera entrega)


Todo empezó un día cualquiera por la mañana. Debía de ser entre semana, pues estaba en el instituto, en un cierto estado de adormilamiento: Tenía los brazos encima de la mesa y mi cabeza cada vez bajaba más, atraída por la irresistible fuerza de gravedad hacia el centro de la Tierra, mientras mi mente viajaba por los más recónditos lugares del Universo. Por suerte había instalado un despertador para evitar situaciones comprometedoras. Un terrible bolígrafo apuntaba hacia arriba cual lanza despiadada y maligna, y si la distancia entre mi nariz y Australia se acortaba demasiado, un fuerte pinchazo en la barbilla me obligaba a incorporarme con rapidez y mirar con suma atención a la profesora de Inglés. Ya había pasado unas seis veces por este puntiagudo pero efectivo proceso cuando sonó el timbre que marcaba el final de la clase y la profesora aprovechó el descanso de cinco minutos para mandar deberes. Como alumna supuestamente responsable que soy, cogí mi agenda para apuntarlos. Ya en casa, me puse a hacerlos sin que hubiesen disminuido lo más mínimo mis síntomas de modorra. El ejercicio cosistía en escribir un párrafo sobre un sueño que hubiesemos tenido hace poco. Estas redacciones me las invento por principio, porque la verdad a menudo es inconfesable. Total, que conté que volaba por el mundo a lomos de un cerdito azul, pero que en eso nos caímos al océano y me desperté. Varios días más tarde otra profesora, esta vez la de Lengua, nos mandó una nueva redacción. Como condición se había establecido que contuviera una serie de palabras con h (ya sabéis, por lo de las reglas de ortografía y esos rollos). Nada más echar un vistazo a las palabras, mi [h]inspiración pensó “asta aquí emos llegado” y se [h]esfumó como el umo por la chimenea. ¿Qué puedes escribir que esté relacionado con “azahar”, “herrar” y “hecho” a la vez? Encima era viernes y este fin de semana nos iban a visitar unos amigos para hacer alguna excursión. Nada más llegar al dulce hogar despaché con relativa agilidad la tarea hasta que efectivamente me atasqué con la redacción, tal y como había temido. Ya estaba a punto de rendirme y dejarla para el sábado, cuando en un intento desesperado desarrollé un poco el personaje del cerdito azul. A cambio de alas, le di una predilección por las flores de azahar, le llevé a herrar regularmente y le dejé hecho un pincel. A mí el resultado me pareció una auténtica chapuza pero a mi profesora sorprendentemente le gustó mucho.