Grito en la [h]oscuridad
(Cuarta entrega)
(Cuarta entrega)
Flotaban en silencio entre los tenues rayos de luna que entraban por la ventana de mi cuarto y su visión me produjo tal espanto que se me heló la sangre en las venas. Mi primer pensamiento fue ahuyentarlos, intentar hacerlos desaparecer como los malos recuerdos, pero sabía de antemano que iba a tener tan poco éxito como con éstos. No eran exactamente espíritus, pero tampoco tenían un cuerpo claro, sino que sus límites se difuminaban en la penumbra de la habitación. Sin embargo, eran dolorosamente reconocibles, sobre todo la precisa línea que los separaba en dos mitades que no tenían nada que ver la una con la otra. Se posaron en mis sábanas, sin acercarse demasiado. El pez-gato, que antes me parecía tan original, ahora me producía una profunda compasión al verlo caminar arrastrando su cola escamada. Al igual que el tibu-fante, que intentaba sin apenas éxito mover la gran masa de carne con sus aletas. Pero lo peor fue ver de nuevo al jira-ón, que avanzaba con las patas delanteras dobladas para estar a igual altura que su trasero de león. No pude sostener la mirada a ninguna de mis creaciones, más bien víctimas de mi creatividad. Aunque no parecían humillados, sino que desprendían un halo de orgullo y dignidad a pesar del sufrimiento, de entereza a pesar de su inhumana división, como aquellos que se saben con razón y piden cuentas a los causantes de sus penas. Así me miraban esos animales deformes, exigiendo lo que era suyo como si fuese un gran juicio. Tenían razón, pero yo no sabía como ayudarles. Me sentía impotente y muy avergonzada de haberlos manejado a mi antojo, sin otro motivo que una miserable nota en Plástica. De pronto llenó la oscuridad un grito fuerte como un trueno, que sacudió mi habitación. Cuando pasó, los animales habían desaparecido de mi cama. Los descubrí tirados en el suelo y con perplejidad observé como se levantaron y tambaleantes de alegría se juntaron de nuevo el le- con el -ón, la jira- con la -fa, el ele- con el -fante, el tibu- con el -rón y el gato y el pez también volvieron a ser dos. Me sentí inmensamente aliviada cuando los vi trotar, correr y nadar entre los rayos de luna hasta salir de mi cuarto atravesando el cristal sin dignarse a mirarme ni una sola vez. Nunca hubiera podido imaginar que los gritos de mi hermano me pudieran dejar de molestar, pero la verdad es que desde esa noche sonaban como música en mis oídos, ya fuesen de día o en la oscuridad.
FIN
